A esa hora, hasta las moscas zumban en voz bajita, para no despertar a nadie.
Y hasta parece que las agujas del reloj caminaran despacito, en puntas de pie.
Tic, tac.
Ana se aburre.
Se acuesta en la cama y cierra fuerte los ojos, pero el sueño no viene. En cambio, se le ocurren miles de ideas: juegos, experimentos, canciones, un invento para andar en bicicleta y remontar un barrilete al mismo tiempo… Pero el armario está cerrado y la cuadra tan silenciosa que hasta los pensamientos parecen hacer ruido.
Tic, tac.
La hora de la siesta pasa muy pero muy lento. Sopla un viento tibio que hace bailar a las cortinas como si algo les causara gracia. Tilo, el perro, sueña que corre un palito a través de un parque verde, y que el aire suave de verano le abanica la lengua.
China, la gatita, está tan pero tan bien enrollada en su almohadón, que una pulga está mareada de tanto dar vueltas y vueltas en espiral, buscando la salida.
Un ruido de cric, crac interrumpe el silencio. Alguien se asoma en la puerta del cuarto, y susurra:
-Ana, ¿estás despierta?
Es la abuela de Ana, que está de visita.
-No me puedo dormir.
-Yo tampoco. Estaba pensando…
-Yo también estaba pensando!
-Ji Ji. Tengo una idea. Vamos a hacer pan!
Sin hacer casi nada de ruido, Ana y la abuela se van a la cocina.
Sacan de la alacena un paquete de harina, y de la heladera un cuadradito de levadura. La abuela pone agua tibia en una taza y la mezcla con la levadura y un poquito de sal; Ana, mientras tanto, arma un volcán de harina sobre la mesada.
-Ahora vamos a hacer que este volcán esté lleno de lava!
Dice Ana en voz muy bajita, pero muy entusiasmada. Y las dos comienzan a mezclar todos los ingredientes, y a amasar, muy contentas las dos de haber encontrado algo tan divertido y silencioso para hacer a la hora de la siesta.
Una vez que la masa está lista, hacen los bollitos y los ordenan prolijamente uno al lado del otro.
-Y ahora, abu?
-Ahora los tapamos con un repasador, y los dejamos descansar.
- ¿Cómo? ¿Los panes también duermen la siesta?
-Sí, porque cuando están calentitos y cómodos, los pancitos crecen…
Ana se acuesta en el sillón, con cuidado de no despertar a China, que parece estar soñando con una enorme pelota de lana, igual de enrollada que ella.
“¿Con qué soñarán los pancitos?” Piensa Ana, mirando cómo una pareja de moscas vuela en círculos, como jugando a la calesita.
Poco a poco, el aire tibio de la siesta comienza a cerrar sus párpados, y Ana se queda dormida.
Sueña que es una semillita dorada, al abrigo de la tierra;
que crece poco a poco como un tallo verde y radiante, buscando el calorcito del sol;
que sus cabellos rubios se despeinan con el viento suave de la llanura, y que sus hermosas espigas de oro están llenas de grano;
luego sueña que viene el tiempo de la cosecha y la molienda, que se hace harina, blanca y suave como el terciopelo;
sueña que viaja del campo a la ciudad, que se mezcla y se transforma, que se hace bollito y crece… crece… crece…
-Ana…
La abuela la despierta con una caricia, y sonríe.
-¿Querés ver cómo crecieron los pancitos?
Ana se levanta de un salto y va hacia la cocina. Como si hiciera un pase mágico, la abuela descubre los panes.
-¡Cómo crecieron!- dice Ana- ¡Casi no hay lugar en la mesada!
La abuela se ríe bajito, y Ana también.
-Ahora los vamos a hornear, así cuando se termine la siesta, los comemos con manteca y mermelada!
-Mhhh… qué rico!
Tic, tac. El olor a pan recién hecho empieza a viajar por la casa como un trencito repleto de pasajeros.
-¿Sabés qué, abu? Yo soñé que era una semilla de pan que crecía. ¿Qué habrán soñado los pancitos?
A la abuela le salió una carcajada de cascabeles, que hizo despertar a China y a Tilo, justo a tiempo para la merienda.